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ISABEL DE LA O Cuando el arte aún no tiene nombre

Crítica de la exposición de Isabel de la O en la galería La Reja. Segovia. Agosto, 2011.

Cuando el arte aún no tiene nombre

 

Jesús Mazariegos

 

Hace ya unos años que nuestro nuevo segoviano César Paternosto trastocó el concepto del soporte pictórico, el del objeto-cuadro como elemento físico de dudosa función y dudoso destino, y el de la propia pintura, cuando, en vez de pintar sobre la superficie amplia del lienzo, prefirió pintar sobre los cantos. Paralela e independientemente, muchos pintores han extendido la parte pintada hasta los cantos –no sé si para librarse del engorro del marco- al tiempo que los bastidores han ido ganando centímetros de fondo hasta el punto de poder exponer los cuadros en el suelo sin que se caigan, como se lo hemos visto hacer a nuestro paisano Alberto Reguera, pon no salir de los ambientes cercanos y conocidos.

No sé si la cosa puede dejarse en la categoría de anécdota o va mucho más allá, violentando el sentido de la representación en la pintura figurativa, y rozando o traspasando la frontera con la escultura en el caso de las obras abstractas. Desde el momento en que nos salimos del plano, ya no es pintura; es otra cosa.

Se observa, por otra parte, cómo materiales que jamás habían formado parte de un cuadro o lo habían hecho de forma discreta, pasan a cubrirlo todo, como es el caso, ya no tan cercano de los platos rotos que Julian Schnabel incrustaba en sus cuadros, después de que el retraso de un vuelo le permitiera descubrir el trencadís  gaudiniano.

Otro caso es el de los nuevos materiales que la moderna química proporciona, como las resinas sintéticas, que se han convertido en seña de identidad de la pintura de Darío Urzay, y no es el único. Y digo de la pintura, porque en Urzay aún se adivina algo parecido al trabajo de un pintor, bajo la dura, brillante, lisa, transparente e impenetrable capa de resina.

Leído el preámbulo y situado en el contexto, el lector puede sospechar con qué munición carga el crítico su escopeta. Pero se equivoca porque este crítico jamás ha sido cazador. Lo que el preámbulo previene es mi propia perplejidad a la hora de definir la obra de Isabel de la O, artista de notable y fecunda trayectoria. No me atrevería llamar cuadros a las piezas que cuelga en las paredes de La Reja, algunas de ellas redondas, y no sabría como llamar a esos trípodes ligeramente antropomorfos que me recuerdan algunas figuras de Eugenio Granell.

En las piezas de las paredes, sobre un bastidor grueso, duro y plateado, grandes cantidades de resina coloreada y transparente, sujetan pequeños espejos y formas blandas y redondeadas, ya endurecidas, de color rojo. Otro tipo de piezas de formato vertical, alternan el brillo negro con las láminas de plata, las texturas de arena o la aparente aspereza de las arpilleras, dando un resultado de evocaciones geológicas y minerales pero con la asepsia y la pulcritud de un laboratorio.

El resultado se caracteriza por formas poderosas y límpidas, debido al brillo, desideologizadas, muy apropiadas para crear ambientes modernos y confortables. ¿Parece que estoy hablando de decoración? Pues sí, ¿y qué pasa? Prefiero una buena artista de amplias miras que a un mal pintor. ¿Y qué pasa si no hablamos de pintura porque aquí no se han utilizado acuarelas ni óleo ni acrílicos ni pincel? No pasa absolutamente nada. Tampoco  hablo de escultura porque me parece una palabra muy rancia para el caso. Hablo de arte y de una artista admirable. Esto me recuerda los momentos en los que la arquitectura se estaba liberando de la decoración superflua y los arquitectos reaccionarios se empeñaban en mantenerla como garantía de la artisticidad de la arquitectura, hasta que Adolph Loos sacó un libro titulado algo así como “Y qué pasa si la arquitectura no tiene nada que ver con el arte”.  La arquitectura es arquitectura. Y las obras de Isabel de la O, tridimensionales y repletas de brillo y de color, aún no sé cómo llamarlas pero me gustan. Este estar al margen de lo que se considera pintura, se confirma en las deslumbrantes piezas de joyería que cualquier mujer querría llevar cerca de su garganta.

No me olvido de esos trípodes-totems que miran por los balcones. Su tronco plano aloja docenas de piedrecitas y cerámicas redondeadas y pulidas por el roce con la arena de la playa, bajo el azote de la galerna o al ritmo incesante de las suaves y monótonas olas, liberadas del olvido por manos de mujer y ahora parte de la coraza de estos extraños guerreros que han conquistado La  Reja y vigilan desde sus adarves.

A veces las cosas son tan nuevas que no sabemos cómo llamarlas porque aún no tienen nombre. Aunque yo no supiera el nombre de Isabel de la O, sabría con toda certeza que es una mujer extraordinaria.